En una nota con Clarín, los amigos y los vecinos le mostraron el lugar donde nació y empezó a jugar el crack de Racing. 

El lugar es de esos que, de tan humilde, de tan precario, se convierte en maravilloso. Está escondido y sobre una de las últimas calles oscuras de Villa Luján, un pequeño asentamiento precario de Sarandí. Hay que pasar la fachada de alambrado, entrar y seguir el caminito de tierra. Serán diez metros en total, curva incluida. A los costados solo hay mugre, chatarra, gallos, gallinas, una casilla. Y al fondo, al final de un pasillito, la canchita. De tierra, sin líneas, despareja, fea y hermosa a la misma vez. De esas que Nike o Adidas buscarían para grabar una publicidad. De esas de las que podría salir un pedazo de jugador. El que domina la pelota en un lugar así, puede sacar ventaja en cualquier estadio del mundo.

El Barrio Villa Luján, donde se crió Ricardo Centurión. (Juano Tesone)

“Él empezó acá”, dice el vecino Miguel Pizarro, quien administra la canchita. Se refiere a Ricardo Centurión, el ídolo del barrio. “Me acuerdo que venía sin un peso. La mamá lo mantenía como podía y se ve que no le alcanzaba para la canchita. Pero los amigos lo aguantaban siempre. Venían y ponían una monedita de más para que ‘Caco’ (como le dicen aquí) no se quedara afuera”. El predio había sido tomado en 1991. En la casilla donde hoy vive Pizarro funcionaba un comedor social y comunitario, al que llegaron a concurrir 200 chicos. Está ubicado a la par del arroyo Sarandí, el gran problema del barrio.

El Barrio Villa Luján, donde se crió Ricardo Centurión. (Juano Tesone)

Es la tarde del sábado en Villa Luján, y durante la recorrida, se escuchan anécdotas y leyendas que involucran al crack. Se habla de la camioneta y la moto que le regaló al amigo que vivía en una de las casillas más humildes. De las cadenas de oro que compró en Brasil, cuando jugaba en San Pablo, para regalárselas a otro amigo. De las camisetas que cambia al término de cada partido por encargo de sus amigos, para después repartirlas en la esquina que creció y a la que vuelve seguido.

“Pero acá está lleno de cracks como Centurión”, aclara un vecino en otra de las canchas del barrio. “El problema es que de cuatro pibes que paran en una esquina, se salva uno. A sus 15 o 16 años jugaba en la Liga del barrio. De su equipo, el que no está muerto, está preso”. Una prueba de lo que sostiene está en una de las esquinas de la cancha: un mural recuerda a uno de esos pibes que pintaban para crack pero cambiaron la pelota por la pistola. “Mocho siempre presente”, se lee. El joven aparece con la camiseta de entrenamiento de Racing. También está la historia de un compañero de equipo de Centurión. Jugaban en la delantera y se dice que juntos hacían desastres. Para el barrio, el otro era mejor jugador. Pero terminaría luciéndose en la canchita de una cárcel bonaerense, a la que llegó por distintos robos.

El Barrio Villa Luján, donde se crió Ricardo Centurión. (Juano Tesone)

Centurión declaró haberse criado entre los partios que se jugaban por dinero, recibiendo patadas a la altura del pecho. Hoy, esos domingos de fútbol barrial son leyenda pura: los vecinos pidieron que suspendieran por las peleas. Hay quienes aseguran que una persona murió a la vuelta de la cancha, por una disputa que había comenzado minutos antes, durante el partido. En la cancha apenas se ven nenes y, al frente, el Municipio colocó cámaras de seguridad.

El Barrio Villa Luján, donde se crió Ricardo Centurión. (Juano Tesone)

La familia Centurión vivió en una casilla de un pasillo de la villa. Papá falleció en 1998, junto a cinco compañeros cuando se incendió la fábrica ilegal en la que trabajaba haciendo rompeportones caseros. Ricardo tenía cinco años. Desde ese día, mamá se pasaba el día afuera. Primero en el hotel Sheraton, donde se dedicaba a la limpieza. Y después en un taller textil, como costurera. Por eso, en Villa Luján, todos lo recuerdan con su abuela ”Yaya”. Ella lo crió, y sería quien más adelante lo llevaría a un club de Baby fútbol de Villa Domínico y a Racing, en cancha de once.

“Dejá de escrachar”, le grita un nene al fotógrafo. Está en la esquina donde Ricardo paraba con sus amigos. En el barrio se los llamaba “Los pibes de la Virgencita”. En el lugar hay un metegol al que juega un grupo de chicos, una virgen, juegos de plaza, un centro cultural cerrado y casillas de las que uno no entiende cómo se mantienen. En la esquina hay una de las fábricas tomadas del barrio. En las casas de la cuadra suena cumbia santafesina a volumen alto: Los del Bohío, Los del Maranaho, Sergio Torres. Algunos vecinos pasan el tiempo en la vereda. En familia o con amigos, compartiendo cervezas. El único lujo que se vio y se ve en esta esquina son los autos de alta gama de los que baja Centurión, cuando regresa a pasar el tiempo con sus amigos.

El Barrio Villa Luján, donde se crió Ricardo Centurión. (Juano Tesone)

“Acá lo vemos seguido. Siempre vuelve”, asegura un vecino que vive a la vuelta de esa esquina, sobre un pasillo ancho, a la altura de un castillo inflable donde se festeja un cumpleaños. “Tiene alma de barrio; le gusta la villa. Puede vivir en los mejores lugares pero se ve que es feliz acá”. Otro vecino acota: “para cualquier persona que se haya criado en un barrio así, Puerto Madero va a resultarle aburrido. Se la pasa volviendo. Y si vuelve, es porque es buena persona”.

Gustavo Ramírez recuerda que el corte valía cinco pesos. “Lo notaba muy callado. Se aparecía diciendo que tenía 3, que en la semana me traía el resto”, jura en la peluquería del barrio. Centurión nunca iba solo. Lo acompañaba su grupito de amigos y se pasaban la tarde de sábado juntos. Años más tarde, ya siendo jugador de Racing, regresó con algo más que los tres pesos que le daba su mamá. Pagó su corte y el de sus amigos, y los panchos y cervezas que consumió el grupo, mientras sonaba cumbia. Porque el bolsillo puede cambiar, pero las costumbres y los gustos, no. Y el barrio, siempre será el barrio.
Por Nahuel Gallota para Clarín

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here